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sábado, 30 de octubre de 2010

Decidió acallar su alma




— Ahora no me quiero quedar aquí. —decía María mientras miraba al suelo para evitar que vieran su gesto de asco.
— ¿Mira por dónde vas? —siguió diciéndole su madre, subiendo el tono de voz y con gesto ceñudo. — No cuentes con que andemos detrás de ti. —añadió enrojecida por la ira contenida.
La niña le sacaba de sus casillas.

Tras un portazo, María marchó pisando fuerte.
Se oían sus pasos. Golpeaban el pecho de Luisa, su madre adoptiva.
— En mala hora la trajimos a casa. —pensaba mientras secaba unas lágrimas que sin control se deslizaban por su cara.

Habían soñado tener un hijo. Las cosas no salieron como las planificaron.
Al principio ponían medios para evitarlo.
Dado que eran una pareja estable y la confianza sobre su fidelidad no estaba en duda, habían optado por la pastilla.
En esos tiempos parecía ser más de lo más.
Poderse permitir la libertad del encuentro sin retiradas o esas gomas que tan poco les gustaban.
Nunca temieron sobre consecuencias. Efectos secundarios.
Preguntaron a ginecólogos que buscaron de pago.
Unos les despacharon con un no está bien, otros les pusieron campo abierto y facilitaron las recetas.
Ni todos lo galenos tenían clara esa opción, ni todas las farmacias facilitaban su adquisición.
Eran tiempos de adaptación social.
Las viejas consignas predominaban.
La primera receta, venía escudada en una prescripción de control del ciclo menstrual. El especialista, ocultaba el control de natalidad en ese supuesto. Muchos lo hacían así.
Hubo que buscar otras marcas. Con esa enfermaba y desangraba.
Bastó una consulta telefónica para que el doctor le indicara cual.
Al final hubo el ajuste deseado.
Así tiraron unos años.
En ese tiempo, las restricciones fueron siendo menos. Se pudo hablar sin subterfugios sobre ello.
Querían vivir. Los hijos vendrían después. Era pronto para atarse.
En un descuido hubo embarazo.
Pasaron días y noches de dudas.
Si estaban planificando para no tener hijos, de momento, el paso a dar era consecuente con sus propósitos.
Buscaron la mejor opción.
Fueron a lugares que tramitaban el viaje.
Ir a Londres fue su elección.
No irían los dos.
Una amiga que había vivido en esa ciudad durante un largo periodo de su vida la acompañaría. Le pagarían los gastos. Con eso podían.
Fue una buena elección. Hubo dos vivencias, la del traumático proceso y la visita guiada por museos y calles.
En el vuelo, la acompañante sufrió un mareo. Se supuso que era la que hacía ese viaje y ella su acompañante. Ese equivoco fue motivo de sorna, cuando se volvieron a encontrar en la sala de espera previa a la intervención quirúrgica.
Allí supieron que ese viaje llevaba a un destino, el de interrupción del embarazo.
En la entrevista se alegaron razones psicológicas, tras haberse explicado.
No fue grato.
El cuerpo quedó bajo la química de las hormonas que en ese estado se disparan.
Pasado el tiempo, aquello era historia.
Dejó de ingerir aquellas pastillas que ya daban señales químicas en su cuerpo.
La piel erupcionó y el ciclo se interrumpió.
Buscaron la concepción.
No sólo no se dio, sino que ella enfermó.
Se hizo necesario un tratamiento hormonal. Su cuerpo reaccionó muy mal. El dolor le partía por la mitad. Lo dejó.
Buscó otros y otras especialistas.
Tenía pérdidas incontroladas. Se desangraba.
Lo que le ofrecieron fue compensarlas con hierro.
Así durante un tiempo.
El siguiente paso fue la histerectomía.
Hubieran vivido sin hijos, pero no pudieron, era más fuerte el deseo.
Allí llegó María, una niña de cinco años.
Adaptarse fue complejo y difícil.
Siempre respondía con aquella de: “Tú no eres mi madre.”

Ahora se arrepentía y miraba su vida queriendo darle la vuelta a todo lo que a ella le conducía.
Se habían quedado solas, él no lo resistía.
Cambiaron las cosas.
Se había pasado a ser de esas madres que sólo ven el mundo en los hijos.
Su pareja se resintió y buscó consuelo en otros brazos.
Sólo le quedaba María, no podía perderla.

Se sentó en el rincón iluminado por el último rayo solar.
Cuando quiso percatarse de su estado, la sala estaba a oscuras.
El vacío la heló.
No viviría allí días por venir.
Buscó entre los calmantes que tenía para relajarse y los tomó sin control. Decidió acallar su alma.

— ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamaaa…!
Sonó en gemido.
Sonó en aullido.

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miércoles, 20 de octubre de 2010

Nos hicimos un favor




Vino ella. Abrió la puerta y quedó a la espera.
Salimos corriendo.
Apuramos el paso, disimulando.
_ No ves que todos están mirando._ le dije deteniéndome.
Ella me tomó del bolso que llevaba en bandolera y tiró de mí.
_ ¡Date prisa! ¡No te entretengas!
_ Acaso piensas que nos sobra tiempo.
_ No lo tenemos.
Perpleja, la seguí.
Ya me daría cuenta de esa premura en otro momento.
Entramos al metro y nos sentamos en uno de los bancos del andén. Manteniendo las distancias con los otros que ni siquiera miraban, con esa actitud vacía que da a entender no estar.
Parecía que el tiempo no llegaba a dar sus pasos.
Ella se quejaba de la lentitud en que éste pasaba. Yo quedaba atrapada en su ritmo.
Al fin subimos, entre empujones y empellones.
Nos situamos en el ángulo que parecía acogernos.
_ ¿A dónde vamos?_ le pregunté.
_ ¡Ya verás!
_ No me dejes en ascuas. Ya sabes que no aguanto las expectativas cuando me dices algo. Por favor, aclárame y no me inquietes. Me pone nerviosa no saber porque te sigo.
Ella ni se inmutó y sonrió.
Decidí no entrar en su juego y me evadí.
Miré la pantalla en la que se movía una danza.
No había sonidos otros que los ruidos de la máquina y las conversaciones que con ellos se confundían.
Ella me observaba y sonreía.
Sabía que estaba huyendo de la inquietud en que me colocaba.
No había secretos en nuestros gestos. Nos sabíamos y entendíamos. No en vano, llevábamos tiempo juntas.
Cuando el vagón paró en la estación, destino de su finalidad, me resistí y le dije que no la seguía.
Quise forzar para que me comunicara la razón de ese paseo subterráneo.
_ ¡Tú te lo pierdes!
Dicho y hecho.
Descendió y yo quedé dentro.
En la siguiente estación bajé con remordimientos.
Cogí el convoy de vuelta.
Lo hice con intención de regresar al punto de origen.
Veía inútil seguir.
Allí la vi.
Subió y se sentó a mi lado.
No nos hablamos.
No nos miramos.
Seguimos desandando nuestros pasos.
Ese silencio se impuso durante horas.
Lo que empezó siendo un juego, acabo en desastre.
Al día siguiente hizo sus maletas y marchó.
Mi orgullo impidió que la siguiera.
Ahora me lamento de su ausencia.

Llaman a la puerta.
Será ella.
No creo.
Tiene llave y podría entrar en cualquier momento.
Atiendo y miro por la mirilla.
No hay nadie.
El ascensor pasa de largo.
Así días.
Así meses.
Así años.

¿Qué era lo que ella me ofreció que nos llevó a la ausencia?

La curiosidad fue a más conforme pasaban los días.

Requiebro mi memoria y pienso que me puso a prueba.
Quiso saber y supo.
No me dejé llevar.
Con ello se perdió todo.
Nunca más.

Olvidé que hubo ese momento en mi vida.

¿Por qué lo recuerdo ahora?

Ha sido algo casual.
He creído verla en la calle.
Me ha parecido que iba de la mano de alguien.
No me he incomodado.
Lo he visto ante mí como si no tuviera que ver conmigo.
Ausente de lo que me podía concernir.

Pasó de largo.
Simplemente lo estoy rememorando.

No estoy sola.
Otra está a mi lado.
Ella no juega con mi paciencia ni me enreda con esas fantasías.
Soy yo quien ha tomado el mando.
Le pongo a prueba y ella sale airosa.

Aprendí que el mundo debe inventarse a cada paso.
Es posible que me esperara un regalo.
Puede ser que en ese gesto me llevara al límite para romper conmigo.
Si así fue, lo consiguió y nos hicimos un favor.

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sábado, 15 de agosto de 2009

Rebeca

He caído en tus brazos.
Hubiera supuesto que no fuera así, pero viniste a mí.

Parpadeaban esas líneas sobre la pantalla.
Confusa leía y releía.

-¿Cómo he podido darle pie?
Se preguntaba en silencio.
-No recuerdo haber dado señales de lo que siento. No por este medio.

-¿Será su juego?
-¡Es eso!
-Me pone a prueba.
-Si consigue su objetivo seré títere en sus manos.

Rebeca envió el mensaje a spam y salió de la aplicación.

Se le habían ido las ganas de seguir conectada.
La zozobra se adueñaba de ella.

Decidida, cerró la conexión y, tras tomar su bolso, salió, no sin antes dar un repaso a las estancias de su casa.
No le gustaba abandonarla con ventanas abiertas y en desorden.
Tiempo atrás no hubiera parado cuenta, pero, tras perder a sus mayores, cayó en ese tipo de rutinas.

Empezaba a tener manías similares.


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lunes, 22 de junio de 2009

Saia

Iba distraída, entretenida en sus juegos de niña.
La memoria no le daría visos de lo que había sido testigo.
El grupo avanzaba, como si nada pasara.
El ciclo cumplía y lo que contaba era su supervivencia.
Nada de lo que para nuestro tiempo es significativo tenía valor en su mundo.
Se entretuvo recogiendo esos frutos que la guía distribuiría.
Lo hizo perdiendo el rumbo.
Cuando quiso darse cuenta, era anochecido.
No temió.
Los miedos son algo que construye la mente, y para ello se hace necesario un previo que ella desconocía.
Se acomodó al lado de un frondoso árbol y preparó la que sería su cama para esa noche.
Hojas secas hicieron un mullido lecho.
Durmió bajo las estrellas de un cielo primero.
No supo si tuvo compañía.
Diríamos que la anciana veló para que ningún ser siniestro se posara en su lecho.
Cuando despertó emprendió el camino siguiendo el rastro del que creyó eran los suyos.
No fue así.
Tardó en darse cuenta de lo equivocado de su decisión.
Si hubiera mirado con cuidado, habría visto que la profundidad y medida de las huellas no se correspondía a las de quienes conocía.
Una silueta vaporosa e indefinida parecía estar a dos pasos de ella.
No supo qué sucedía, pero sí notó la serena calma que siempre sentía en compañía de su guía.
La anciana velaría por que la continuación de la línea de la vida no perdiera el futuro y con ello el grupo dejara de existir.
Las piedras del camino brillaban en ese momento del día en que el rocío las deja húmedas y el impacto del sol las acaricia.
Raixa olvidaba la soledad mientras se dejaba atrapar por ese mundo virgen que la rodeaba.
A lo lejos una columna de humo anunciaba presencias.
No conocía el fuego. Sólo el del rayo que desgarra el árbol o centellea sobre la roca.
El humo no era presagio.
A la puerta de una cueva, un grupo de seres parecidos a los de su especie organizaban un refrigerio matinal.
Niños y niñas correteaban.
Eso la pudo animar, pero algo distinto la desconcertaba.
Eran como el barro húmedo.
Ella recordaba los cabellos rubios de los de su grupo.
Una mujer que atendía la cabeza de otra, quitando con las uñas lo que después se llevaba a la boca, se percató de su presencia.
Dejo su tarea y se acercó a ella.
Tomó barro de un rincón y la embadurno.
Saia no pensó. Actuó.
Una niña más en el clan sería enriquecimiento.
La anciana desapareció mezclando su presencia con el humo de la hoguera.
Habían llegado al lugar en que el futuro quedaba en buenas manos.
La comunicación mental no entiende de idiomas.
Raixa viviría como una más hasta la edad en que floreciera.
Entonces ella volvería para guiarla.

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sábado, 20 de junio de 2009

Raixa

-Es necesario ponerse al trasaire-, anunció la anciana que guiaba el grupo de niñas entre las montañas.
Los hombres rodeados de niños y ancianos, la miraban en todos sus movimientos.
Respondían a sus gestos, más que a las palabras.
Éstas a penas les llegaban.
Las mujeres no necesitaban ni gestos ni palabras.
Recibían el mensaje desde las raíces que la tierra albergaba.
Habían llegado a ese estado del ser en que la vida se aúna reduciendo distancias.
Quedaron en descanso esperando que las niñas se acercaran con los frutos que la anciana repartía para el sustento del grupo.
Ella tomó uno y, presionando la lengua sobre el paladar, dejó que su esencia vital la recorriera.
Eran bayas rojas recogidas de arbustos a lo largo del camino.
Marcia, se alejó del grupo y pensó.
Pensar era algo que ignoraba.
Sabía y sentía.
Formular frases que sólo ella podía escuchar, era inaudito.
Nadie pudo apercibirse de su alejamiento.
La anciana con disimulo desvió la mirada mientras supo que esa joven se alejaba.
-Deberá cumplir su destino, el que sólo a ella se presenta.- Siseo en sonido casi imperceptible.
Raixa llegaba en ese momento a recoger otro pañuelo cargado de frutos.
La niña supo, pero guardó silencio.
En parte por no saber a qué atenerse.
La anciana captó su desconcierto.
-Ya te llegará el día.- Dijo, en el lenguaje de la mente.
Las palabras golpearon el alma de la niña, dejando un rastro helado que la quemaba.
Su mano izquierda apretó su frente, como queriendo recoger algo que en ella penetraba.
Guardaría el secreto sin saberlo.
Llegaría el día en que como a Marcia, a ella le madurara.
Ese día se alejaría del grupo para organizar su propia comuna.
En cada generación, una de ellas era la elegida.
Era la que sabía y veía.
La anciana sonrió.
La vida cumplía su ciclo.
Podría dejar su cuerpo en las raíces y olvidar.
Raixa sintió que una lágrima afloraba.
No sabía qué significaba.
Un cántico se impuso.
La anciana cayó abatida.
Marcia tomo su lugar y el grupo reanudo su marcha.
Raixa miraba atrás.
Una estela iluminada ascendió, dejando un montículo de musgo que parecía brillar.
Se frotó lo ojos descreída de lo que veía.
Las otras niñas correteaban alrededor de la nueva guía.
Ella sabía, aunque serían lustros los que la llevarían a ocupar ese lugar.

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domingo, 14 de junio de 2009

Elsa

Había alguien asomado tras el cristal empañado.
La lluvia corría encortinando la fachada que desde lo alto admiraba.
Había salido con esa sensación que sólo los días de lluvia le devolvían.
Recuerdos remotos de un tiempo propio se adueñaban de sus zapatillas.
No sabía si el rostro que se adivinaba bajo el vaho era de niña o anciana.
Recordaba que en el cuarto piso del 46 vivía una mujer desde no sabía cuando.
Eran los ochenta, cuando la vio subirse sobre su techado.
La casa de poca altura, aún se mantenía en pie.
Una edificación de las del siglo pasado. Para ser exactos, de dos siglos atrás.
Le costaba pensar que el veinte ya era el pasado.
En él se sentía residente, a pesar que el veintiuno estaba camino de cumplir su primera década.
Anciana no lo sería, aunque estaría cerca de ese momento en que los sesenta anuncian un nuevo ciclo.
Observando con cuidado, veía unos ojos tras unas gafas.
¿Cómo podía advertirlos con claridad, si a penas se la podía ver?
Sin embargo, parecía que tras ellos tuviera algo que reconocer.
Así fue. Se vio observando desde ese otro lugar.
Cuando quiso darse cuenta, supo que estaba al otro lado del espejo.
Que esa anciana prematura era ella en otro tiempo.
Ahora no contaba su edad.
La vida había llegado a un punto en el que sólo cuenta despertar.
Elsa supo que tenía ante sí un misterio a resolver.
Quiso tomar su cámara para hacer una fotografía, pero un sentimiento de vergüenza se lo impidió. No le hubiera gustado que una extraña hiciera eso con ella.
Eso le hizo titubear.
No es una extraña, soy yo.
Debo recoger la impronta para guardarla en ese rincón en que nadie va a mirar.
Volviendo con la cámara quedó petrificada.
Ante ella, un paisaje. El de la infancia.
Voces que la llamaban.
Era su madre.
-¡A merendar!
El olor del aceite azucarado en rebanada gruesa de pan, se impuso a todo pensamiento racional.
El desconcierto le hizo temblar.
-¡No es cierto!
-Lo debo soñar.
Abriendo los ojos veía cada vez con más claridad.
Se había abierto el túnel que todo lo permitirá.

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lunes, 25 de mayo de 2009

María

-No son mis palabras, son tus silencios que no puedo soportar.
Escribía Juan en la pantalla aporreando el teclado y esperando la respuesta que ella callaba.
Se encontraban en un Chat.
Eso es un decir, porque ella se limitaba a estar.
-Sé que me escuchas.
-Dime algo.
-No me tengas en ascuas.

Ella reía mientras leía.
Había dejado que fuera él quien diera el paso.
Eso era su ventaja.
El siguiente ella lo daría.

María, había sufrido largos años de frustración, tras haber aceptado casarse con Ramón. Su familia no hubiera entendido que desechara la oportunidad que un matrimonio ventajoso le brindaba.

Hacía tanto de aquello que ni siquiera dolía, pero los juegos a que él la sometía le enseñaron.
Sabía qué.
Dejarse hacer sin que su alma quedara.

Estuvo siempre dispuesta a los requerimientos y en cualquier momento.
De ello nunca hubo fruto.
Su vientre nunca se hinchó.
Puso los medios para evitarlo.
Cuando él quedaba dormido iba rápido a vaciar su copa y eso funcionó.
Un truco que alguien le enseñó dio resultado.
No quiso hijos. Eso no le hubiera permitido mantener su alma al margen de lo vivido.
A él no parecía importarle.
Ya tenía su prole escampada por todo el valle.
Era un cacique de los de antes.
El tiempo no corre igual para todo el mundo.
Su marido vivía en el otro siglo.
Las habladurías la señalaban como la mujer seca.
Gozaba del privilegio de ser la señora ante su pueblo.
Asco, eso es lo que sentía al verles plegar su gesto al pasar ante ellos.
La nieve había dado fruto.
Sus negocios eran múltiples. Llegaban a rincones increíbles.
A los hombres se les maneja como se quiere.
Hay que saber sacar partido.
María había nacido con ese encanto que les subyuga.
Nacido y aprendido a utilizarlo.

Mientras leía en el teclado lo que su víctima escribía se pintaba las uñas y sonreía.

-Este es el mejor de los inventos, pero empieza a aburrirme.

Dejó escrito.
Ahora queda esperar. Pensaba mientras marchaba dejando la conexión abierta.

Ya tenía otro juguete que destrozar.



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domingo, 24 de mayo de 2009

Julián

Carlos se ha levantado de la mesa y dejado la servilleta sobre la silla, dejando al resto sin palabras.
Todo ha comenzado por una simpleza. Eli le ha replicado delante de sus hijos y eso ha sido la gota que ha rebasado el vaso.
Los abuelos se han mirado perplejos y Nina, la peque, se ha puesto a llorar.
Ella ha explicitado la tensión que ha desatado la furia contenida de su papá.

-¡Hija, no es para tanto!
-Hay que saber callar.
Ha dicho la abuela, mientras el abuelo ha hecho un gesto de reprobación.

-¡Mamá, tienes razón!
Se oye decir Julián, el niño que está empezando a ser un hombrecito.
-Papá se equivoca y tiene que entender que tú también piensas.
-No tienes que decir a todo amén.
-¡Tú vales!
Mientras formula estas palabras, las manos le tiemblan.
No sabe si podría hacerlo delante de su padre.
Es imposible que lo haya oído, porque ha marchado a la calle dando un portazo, pero se siente inseguro.
Su padre ha sido autoritario a más no poder.

Recuerda que una vez se hizo encima, ante el pánico que le produjo la severidad con que Carlos le había hablado.

Había sido un equívoco, pero eso no tuvo arreglo.
Fue tratado como si hubiera cometido un gran delito.
Había sido el vecino del quinto.
Él no sabía porqué, pero se le había acercado y con espanto había escapado.
Al hacerlo había roto una figurita de porcelana.
Pepín, que así se le llamaba, se había presentado ante sus padres reclamándoles que repusieran ese objeto que con tan mala fortuna había tirado al suelo.
No supo explicarse. No sabía la razón que le había hecho escapar del cerco que le había tendido, pero su instinto le había dado señales de peligro y él lo había seguido.

Ahora sabe del juego prohibido que había eludido.



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Elena

Elena sale de casa todas las mañanas a la misma hora.
Se levanta temprano, todos los días del año.
Duerme la noche rota, pero no se resiente.
Se ha acostumbrado a ese quebranto y toma el nuevo día con ganas.
Hoy no hace lo que suele.
Se ha quedado sentada en el sillón, desconcertada.
No sabe que hace en esa casa.
Cuando Lucía se levanta, no se percata de su presencia y marcha, pero al abrir la puerta se extraña. Normalmente Elena deja la puerta cerrada de un solo golpe, sin dar vuelta a la llave, pero eso no le hace volver atrás.
Por la tarde, cuando regresa del trabajo encuentra a su hermana tirada en el suelo, al lado de la puerta.
Al abrirla, algo le impide entrar. Empuja y consigue acceder por el pequeño resquicio que se lo permite.
Al día siguiente, cuando lo pueden hablar, Elena no recuerda nada. Piensa que su hermana la está enredando.
Es tal su indignación que acaba gritando y enfadada se encierra en su habitación.
Ha empezado el retorno.
Ellas no saben a qué van a enfrentarse, pero la memoria deconstruída romperá goznes y medidas.


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sábado, 23 de mayo de 2009

Lourdes

Lourdes ha saturado el vaso.
Jorge se marcha de casa. Quiere independizarse.
Marcha a Zaragoza a compartir un piso con otros chicos.
No se conocen, pero parecen buena gente.
Llevaba meses diciendo que cogería el petate y se tiraría al monte.
Ella había conseguido dejar de pensarlo.
Ese hijo que arrastró su miseria en esa ciudad pecata, ahora quiere volar.
Se recuerda en sueños de libertad.
Hubo que tragar.
No el vientre abultado, que eso lo tenía claro.
La mirada insidiosa y los cuchicheos al verla pasar.
Había buscado al hombre. Es un decir, porque era muy joven.
No se supo negar.
Quería ese encuentro, pero no esperaba que él la tasara por el rasero de una cualquiera.
Cuando le fue con que estaba preñada, él salió como un cobarde, con aquello de vete a saber de quien era.
Ahora lo piensa y una sonrisa le pone en la mente lo equivocado que estaba.
No estuvo enamorada.
No sabe que es eso.
Se dejó llevar.
Su vida de estudiante se quedó truncada, pero llevo a delante la familia monoparental, trabajando de cajera en un supermercado.
En ese tiempo la ciudad de provincias creció y ella consiguió trabajo.
En casa, todos lo aceptaron.
No pararon en el que dirán.
Le dijo su hermano mayor si quería una reclamación.
Ella dijo que no.
Que hombres cobardes como el padre de lo que llevaba no merecían ni que ella los mirara.
Han pasado los años. Ese hombre es historia pasada.
Su hijo toma vuelo y su nido quedará vacío.
Se duele por dentro.
Las entrañas le queman.
Ese hijo es del alma.
¿Qué será de él sin sus cuidados?
Ya sabe que debe dejarlo alzar el vuelo, pero no puede con ello.
Una lágrima resbala y de un manotazo la espanta.


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viernes, 22 de mayo de 2009

Que se lo cuenten a ella...

Que se lo cuenten a ella que de tanto barro en los pies alas le vuelan al viento y sin querer.

Recuerdo a esa mujer viuda apagada y sin vida. No era por falta de hombre. Tranquila de no estar a au orden. Era el vacío que queda cuando alguien que oprimía suelta cuerda. Al principio no se sabe que hacer con ella, el cabo queda suelto y nadie tira de ti. Murió el verdugo. Son más las viudas, a pesar de machacadas les sobreviven en muchos casos.

Hoy la veo rejuvenecida. Se apunta a todos los bailes y fiestas. Tiene su grupo de amigas. Ha cerrado las puertas al campo y se ha ido a la ciudad. La gente, que desconoce, dice de ella "Pobrecita". Ella se lamenta y dice "Que Dios le tenga en lo alto y nos espere muchos años"

Meriendas en la Granja Anita, chocolate con nata y churros. Del colesterol, con la pastilla, ni preocuparse. Ha dejado el luto de rigor y viste nuevo traje. Mira a su alrededor y nada le parece mal. Se alegra por la juventud que ve que tiene libertad. Que critican a fulana que se ha alejado de casa ella dice por lo bajo "Por algo será, si lo ha hecho muy bien hecho". Piensa para sus adentros "Si yo hablara, pero no hablo, ya vale de amarguras que para una vida que tienes mejor sacarle jugo". Ríe y goza y en la noche de él ni se acuerda y duerme a pierna suelta. Se apunta a todos los viajes y el 'aquagim' que la deja como una rosa. Se arregla y se enjoya. Dicen que los culebrones son comecocos, "No te ralles", que dicen los más jóvenes. Se lo pasa en grande siguiendo los melodramas. Y el diario de Patricia es para pasárselo en grande. Que le han de contar a ella. Mucho más divertido que los tostones de antes. De labores ni hablarlo, ya las hizo antes. Se ha juntado en el rincón net de Ibercaja con una cuadrilla de gente, jóvenes y menos jóvenes. Le han enseñado a navegar por la web y se lo pasa en grande, sobretodo con el chat. Unos ligoteos que no veas y sin tocarse que da más juego y disfrute. Arrimarse, ya no hay necesidad.

http://aragon.gugara.com/anna-s-biesa/pag_4/

Esther

Esther no soporta la idea de ver a su hija engendrando gitanos.
Le ha negado la palabra.
La ha rechazado.
Ahora, tras largos años de dolor y distancia, no puede dar el brazo a torcer.
Inés, es una mujer que tiene a su hombre.
Como ella lo tuvo.
Sus nietos son hermosos, pero no saben que al cruzarse con ella los mira reconociendo su sangre.
Querría pararse y hablar con ellos, pero es tarde.
Su hija ha asimilado esa extrañeza y no hace ningún gesto que pueda favorecer el acercamiento.
Ángeles, su otra hija la tiene al corriente de todos los acontecimientos.
Ha entrado en depresión. Le dan un tratamiento que la atonta todo el día.
En la noche, las sombras que se mueven en el techo que cubre su cama, dibujan presagios negros.
Cuando al final se duerme, atontada por todo lo que ha ingerido, cierra un portón. El de su alma.

Los pies a penas le aguantan, los arrastra por las calles buscando el encuentro del perdón.

-Fue una niña preciosa.
-Vinimos del pueblo, cuando era chiquita. Parecía una muñeca.
-Los hijos e hijas que Dios nos dio eran hermosos y sanos.
-Me casaron con doce años.

Él la eligió.

-No fue un mal hombre.
-En casa eran muchas bocas y el hambre fue razón para esa decisión.
-Éramos pobres, pero con honra.

Piensa y se carcome.
-Cuando vino con la tripa llena de ese hombre, la ceguera me cerró el corazón.
-La rechazamos, dejándola en la calle.
-Yo sí que fui una mala madre.
-Eso no se hace.
-Bien se valió que la Mabila los recogió.
-Somos consuegras. No sólo no me habla, sino que, cuando nos cruzamos, suelta un conjuro y escupe al suelo.

-Por estás, me dijo cruzando los dedos, cuando vino a recoger las cuatro cosas que Inés tenía en casa.
-Me lanzó el mal de ojo.
-Me tendió un manto negro.

-Lo tengo bien merecido.
-Ahora he perdido.


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jueves, 21 de mayo de 2009

Rocío

Aquel día, Rocío no estaba para perder el tiempo en explicaciones. Aquella mujer no paraba de insistir una y otra vez, repitiendo las mismas cosas.

Había pensado que podía trabajar en ese centro, pero los días se le hacían largos.

Los ancianos eran personas aparcadas en antros oscuros y malolientes.
A nadie importaban.

Cuando aceptó ese trabajo pensó que ella lo haría mejor. Que con una sonrisa abriría los corazones de esas personas aparcadas y abandonadas por sus familiares.

No contaba con el pesado cansancio que la iría tomando.

Cuando tomaba su día libre y veía la vida en la calle, recordaba los días en ese lugar.

El contacto con la antesala de la muerte se le había enquistado, dañando.

A simple vista parecía que no tenía problema un trabajo de esa índole.
Lo parecía, pero no era así.

Ella cargaba sobre sus espaldas un peso intangible que la iba quemando.

Cuando regresaba a su casa, tras su turno de trabajo, todo se le antojaba falto de brillo.

No tenía ganas de nada que no fuera enroscarse y quedar ensimismada mirando la esfera del reloj que lentamente circulaba mirándola.

Su pensamiento parecía quedarse hueco.

Se pensaba arrugada. Se veía en los ojos de las personas ancianas.


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domingo, 10 de mayo de 2009

PENSÓ QUE PENSABA

Hubo un paisaje lánguido que se volvió aire, al salir la tarde sobre la montaña del Norte, escondiendo su sombra en la del Sur.
Todas las cosas perdieron volumen. Las formas no correspondían a nada. El aire olía a lavanda.
A lo lejos alguien captó su despliegue y quiso acercarse para recoger en su retina la transformación.
Se lo diría a todo el mundo, pensaba cuando regresaba, por el camino más largo, a la inhóspita ciudad. Cuando llegó no encontró miradas que aceptaran lo que intentaba decir. Llegó a su casa y tecleó para que al menos quedara constancia.
Recabó en un hecho insólito que a nadie interesaba. Pensó que a él sí, y eso bastaba.

Se pensó que pensaba algo inadecuado y decidió dejar de alojar ese pensamiento. Se desprendería de él cómo del sudor bajo la ducha, así lo hizo, se metió vestido y calzado desoyendo a los de su alrededor que le recordaron que no había razón para ello.

Al desprenderse de sus ropas decidió que éstas le llevarían a esos recuerdos y las arrojó al cubo de la basura, pero no satisfecho bajó éste y lo abandonó cuatro avenidas más allá de la propia.

En su regreso algo persistía, el olor. Con eso no podría, persistiría.

Quiso guardar esas memorias en un archivo olvidado, pero cada día, inevitablemente, lo abriría, a hurtadillas, sin que nadie pudiera verle.

Al recogerlo bajo su clave secreta, pensaba que mañana lo destruiría, sustituyéndolo por contenidos banales. Nada podía borrarse, pero sí reemplazarse. Le bastaría cambiar palabras sin contenido.

Así fue cómo alguien encontró una pantalla parpadeante que contenía un escrito, y leyó: -Hubo un hombre que vio cómo un paisaje se omitía entre montañas dejando en el aire olor de retama.
Al pie de ese texto encontró la imagen de unos ojos que insistentes le miraban, y comprendió que esos eran los testigos de un acontecimiento fortuito.
La curiosidad le pudo y copio el archivo para tenerlo a su disposición en cualquier momento.
Lo guardó entre sus pertenencias más preciadas, pero temió que alguien lo encontrara. Tomó toda suerte de medidas. No le bastaban. La inquietud se adueñó de su ánimo. Nervioso miraba a un lado y otro para percatarse de que nadie advertía lo que ocultaba.
Un buen día, creyéndose fuera de peligro, puso ese archivo en acción. No eran ojos lo que vio, oyó una voz que le advirtió de su peligroso intento. Era tarde, pues atrapado quedó.


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sábado, 9 de mayo de 2009

RELATO DE FANTASÍA


EN AQUELLOS TIEMPOS REMOTOS LOS CAMINOS LLEVABAN A CUALQUIER PARTE.

Nuestra heroína era una muchacha de ojos dispuestos a recorrer los pasos del Norte sin pestañear siquiera.

No había nadie, en la comarca de Gurdn, capaz de sostener su mirada.
Ella había visto la muerte de cara sin temer por su suerte. Había viajado entre nubes de polvo y días sin lluvia con la boca seca sin reclamar para sí gota alguna.

Entregó a los ancianos todos sus víveres y líquidos, superando la prueba manteniéndose en estado de semiactividad.

Consiguió parar los golpes de deterioro del cuerpo mientras a su paso caían otros, víctimas, cediendo paso a la nada.

Tenía el kay. Ese poder que sólo una de la Comuna hereda. Le había sido legado desde la más tierna infancia. Cuando en ningún momento reclamaba atención por el llanto como suelen hacer los humanos en sus primeros momentos vitales.



Reconocida como la heredera de la gran montaña había sido educada y aleccionada para ser guía y fuerza de todos ellos.

Gurdhya era la más preclara de la Comuna. El Seym le había asignado funciones que hasta ese momento nunca se otorgaran a nadie tan joven.

Es cierto que esa función siempre fuera asignada a la mujer, pero la de cabellos blancos y mente preclara.

Ella apenas si tenía quince años y sin embargo manifestaba la mayor de las potencias. Nadie era capaz de mirarla de frente. Todos miraban al suelo cuando se cruzaban con ella.

Eso le hacía sentir incomodidad. Hubiera deseado reír con el resto las historias que se contaban a lo largo del día en los encuentros que se producían cuando se llevaban a cabo las distintas tareas cotidianas. De lejos miraba como se producía la comunicación risueña entre unos y otros. Si se aproximaba el silencio se imponía.

Aquella tarde Gurdhya se distrajo en su paseo a la orilla del río. Iba recogiendo bayas maduras de los arbustos que encontraba. Desoyó las precauciones que su instinto le emitió y distrajo su atención contemplando colores y formas que la transportaban.

Había salido tras ella una sombra diminuta que en ningún momento manifestó su presencia.

Era un niño de la Comuna. Aunque la temía era mayor su curiosidad. Llevaba días indeciso y al fin, esa tarde, había decidido seguirla. Era un muchacho espigado y rubio. Con él se movía un hurón. Éste era muy vivaracho. Lo había encontrado en el claro del bosque cuando apenas si era capaz de abrir los ojos. Había tenido cuidado en alimentarlo masticando semillas y dándole de comer sin que el resto se diera cuenta. Esa tarea correspondía a las muchachas y si le hubieran visto habría sido motivo de burla. Bien se le valía que sus compañeros de juegos no estaban pendientes de lo que pudiera llevar bajo su casaca.

Evidentemente trataba al hurón como si de cualquier otro animal del grupo se tratara. Un buen día había dejado que se moviera sin llevarlo escondido. Así había sido como ante todos era él y su compañero. Nadie había cuestionado esa compañía. No era extraño que un muchacho tuviera a su lado un animal compañero. No importó de dónde venía ni por qué atendía a sus gestos y chasquidos.

Ambos formaban un buen conjunto. Parecían uno proyección del otro. El pelo del muchacho tomaba brillos parecidos al del pelaje del hurón.

Por las noches dormían enroscados sobre la paja que se había habilitado como cama al lado de la puerta de la cueva Comunal.


Cada cual ocupaba un lugar dependiendo de la casta a que pertenecía. El muchacho estaba bajo la tutela de toda la Comuna porque había perdido la genealogía de su grupo por razones que él todavía desconocía.


Al estar protegido por todos quedaba a merced de su propia suerte. Se movía con mayor libertad. Iba y venía sin que nadie se percatara de sus ausencias.


Él había mirado a Gurdhya muchas veces. Sólo él había sido capaz de ver la profundidad de sus ojos de un azul que cambiaba según el sentimiento que ella quisiera contener. Eran como el agua que dependiendo de la ubicación toma matices azules o verdes, transparentes u opacos. Así eran los ojos de Gurdhya. Él bien lo sabía. En ellos bebía.


Soñaba que se adentraba en las aguas profundas que presagiaban las miradas de ella.


Esperaba cualquier ocasión para contemplarla.


Ella no había llegado a percatarse porque vivía ensimismada y atareada en el entrenamiento que le tocaba asumir como seguidora del mandato del Seym.


Churg, que así se llamaba el muchacho, cada vez descuidaba más las precauciones ante la atracción que tenía hacía la figura que cada tarde se adentraba por la vereda del río.


Esa tarde ni ella ni él se apercibieron de lo arriesgado del descuido. Él pendiente de ella y ella sin apercibirse de que se estaba desviando y adentrando más allá de lo aconsejable.


Cayó la oscura sombra del crepúsculo sobre sus espaldas. Únicamente el hurón manifestó incomodidad, pero Churg no le hizo caso y siguió tras ella.


La noche tendió su capa sobre los caminos estrechos haciendo que perdieran su apariencia cotidiana.


Gurdhya, cuando quiso darse cuenta ya estaba desorientada. Miró a su alrededor y todo le pareció extraño, distinto.


La noche se impuso. Gurdhya quedó quieta sin saber tomar decisión alguna.


Churg observaba los gestos de la muchacha sin hacer movimientos para evitar llamar su atención.


Fue Ghow, el hurón, que incapaz de quedarse quieto un instante empezó a emitir sonidos de reclamo para que el muchacho le atendiera.


Gurdhya se asustó al oír algo que en su mente pareció un lamento lejano.


Las ramas de los árboles proyectaban sus lóbregas sombras sobre el camino creando formas fantasmales a los ojos de ella.


El muchacho quiso acallar a su animal, pero no dio resultado y, al contrario, lo que consiguió fue un chillido afilado.


Gurdhya cayó sobre sus talones, quedando enroscada sobre si misma, buscando la posición protectora que todos conocían. En su caso producía un aura de fuerza que no permitiría a alimaña alguna acercarse más allá de la distancia que ella quisiera conceder.


Churg sabía bien lo que en ese momento gestaban los movimientos de la muchacha y temió provocar su ira. Como pudo, tapo la boca de Ghow que le mordió siguiendo su instinto animal. Contuvo un lamento mordiéndose el labio inferior con tal fuerza que una lágrima resbaló por su mejilla izquierda.


Él también optó por tomar la posición de protección que le habían enseñado en los entrenamientos de la Comuna.


No eran aleccionados para la lucha, lo eran para la defensa y la resistencia a base de concentrar en un punto todas las energías vitales. Su entrenamiento no era ni de lejos tan preciso, pero suficiente para evitar cualquier envestida.


Conocía los movimientos de sumisión que debía poner en acción para evitar el coraje de la muchacha y ganar poco a poco su confianza.


Se mantuvo quieto y soltó a Ghow para poder llevar a la práctica el ritual. El hurón al verse libre se calmó y quedo acurrucado a su lado.


Gurdhya atisbó una figura enroscada y reconoció que ante sí estaba alguien de la propia Comuna. Temerosa evitó mirar directamente a quien ante ella se había dispuesto y reconoció en el otro los gestos de apaciguamiento y sumisión dirigidos a ella. Eso la relajó.




La oscuridad se antepuso a las sombras dejando entrever una ligera claridad entre las dos figuras que permanecían casi estáticas con el más parsimonioso de los movimientos.


Si alguien hubiera visto las dos figuras plegadas sobre si mismas hubiera pensado que se trataba de dos rocas en medio del camino.


Realmente era la comunión con la piedra de la montaña lo que hacía de las dos figuras seres estáticos.


Se paró el aire a observar tan liviano movimiento.


Permanecieron en esa danza hasta el amanecer.


Comarca de Gurdn

La Comuna

El Seym,

El Kay, el poder

Gurdhya, la muchacha. Heredera de la gran montaña. Educada para ser guía y fuerza.

Churg, el muchacho

Ghow, el hurón

Tenía el kay. Ese poder que sólo una de la Comuna hereda. Le había sido legado desde la más tierna infancia. Cuando en ningún momento reclamaba atención por el llanto como suelen hacer los humanos en sus primeros momentos vitales.


El Seym le había asignado funciones que hasta ese momento nunca se otorgaran a nadie tan joven.



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Este relato precede a la novela de fantasía EN AQUELLOS TIEMPOS.

Raul

Raúl, así se llamaba el hijo de tu hermano, recuerdas mientras observas a ese muchacho que corretea entre las hojas caídas, de plátano, en el parque que queda a tus pies, según miras desde la distancia del tercer piso que te aloja en la ciudad extraña. Has llegado a ella para pasar los días más angustiantes de tu vida. Para reclamar lo que consideras es de tu incumbencia. Para dar esos pasos que debieron darse en aquel tiempo en que las cosas podían aclararse.

Ella se lo llevó aquella tarde fría de enero.

Lo recuerdas bien.

Es una imagen vívida.

Él con sus zapatitos desgastados de tanto talonazo dado a piedras a las que hacía saltar de un lado a otro, como si de pelotas se tratara.

Has venido a la ciudad, tras el aviso de una carta que llegó a tus manos sin remite y con pocas palabras, las imprescindibles.

Irás al tanatorio y ataras cabos.

Eso piensas, con esos mecanismos que llevan a tensarte hasta el punto de oprimir tu mente, queriendo exprimir la memoria como si de un fruto pudiera tratarse.

Adelantas acontecimientos y eso te hace sentir los pies fríos y la cabeza caliente.

María te ha dicho que lo tomes con calma. Tú has aseverado con un gesto, pero de nada vale que así lo hayas hecho. No tienes paciencia. La sangre golpea tus sienes. Estalla la migraña ineludible. Tomas un vaso de los que ponen en los lavabos de esos hoteles a los que estás acostumbrado. Casi has olvidado que tienes un vaso en una casa, en la que tu mundo se construye a tus espaldas.

Pensaste que pilotar aviones sería hermoso, y ahora darías otro paso, si estuvieras a tiempo. Permanecer en tierra sería lo mejor que pudiera ocurrirte.

Dejas correr el agua un rato, para sentirla en tus manos y llenas el vaso.

Ingieres esa diminuta pastilla que sabes te liberará del dolor que golpea insistente en uno de los hemisferios, siempre el mismo, el izquierdo.

La boca seca y el cuerpo con una rigidez que sabes tardarán en diluirse.

Has pasado por estas sensaciones muchas veces.

La nota decía que ella estaría en el velatorio de la abuela y que Raúl había exigido asistir. Incluso te han dicho la hora más probable. Ella es mujer de pautas precisas y no va a actos públicos por la mañana.

Todavía puedes organizarte y planificar las cosas.

Te inquietas. Tu talante no aguanta las esperas, pero debes acomodarte en este espacio que te resulta familiar, porque todos los hoteles al fin son clones.

Decides tumbarte sobre la cubierta roja que han estirado después de ordenar tu habitación.

Tuya por unas horas. Las que te sirva de alojamiento.

Recorres con la mirada los rincones y hay algo que parece nuevo. Un tenue rayo de sol se ha posado sobre el vaso que has dejado descuidado sobre la mesa que te servirá de escritorio.

Piensas que puedes abrir tu portátil y revisar tu correo. Lo piensas, pero no te mueves, piensas en esos movimientos que te llevarían a hacerlo. Eso te relaja. Cierras los ojos y duermes.

-¡Dina!

-¿Dónde están todos?

-No se sabe.

-¡Cómo es posible que no haya nadie!

-Se fueron.

-¿A dónde?

-No sé.

-Tienes que saberlo.

Estas son las voces que escuchas en tu sueño.

Despiertas y vas a anotarlas en unas hojas que encuentras sobre la mesa.

Mientras lo haces, piensas que es un buen detalle.

Te preguntas, y llegas a la conclusión de que no conoces a nadie que se llame Dina.

Recuerdas un espacio blanquecino, sin límites iluminado sin resaltes ni brillos.

Un espacio vacío.

Las voces resuenan en tu mente.

De hecho no te sentías dormido. Te sabías sobre una superficie mullida. Estabas encima de la cama y ese espacio eras tú mismo.

Por un instante, has dejado de pensar en lo que te obsesiona.

Posiblemente haya sido efecto de la pastilla.

Posiblemente haya sido una especie de encantamiento lumínico.

Recuerdas que un rayo de luz había impactado sobre el cristal del vaso que habías dejado tras ingerir el agua necesaria para tragar la diminuta pastilla.

Lo tienes ante ti como si fuera algo a tener en cuenta.

Haces bien en darle relevancia. Ha sido la puerta que te ha dado paso a una experiencia fuera de lo palpable.

Así es. Se fueron.

Miras el reloj y descubres que a penas tienes tiempo para llegar al lugar al que has tenido el propósito fijo de alcanzar.

Ya no tienes premura.

De hecho no quieres ir.

Raúl, como muchos otros, marchó.

Ese niño no es.

Ese niño no está.

Decides que la vida tiene un curso que un buen día deja de implicar.

No buscabas a Raúl, buscabas a Tomás, tu hermano, pero sabes que su muerte se lo llevó para siempre.

Venías en busca de su hijo, pero en realidad es a él a quien querías encontrar.



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viernes, 8 de mayo de 2009

Relato de verano

-Despierta, que ya son las cinco- dijo encendiendo la luz del pasillo para que no le impactara su resplandor.
Marta abrió los ojos desperezándose, tenía que darse prisa, o no podría hacer lo que había planificado.
Su hermana se había vuelto a acostar y no insistiría. El día anterior le había rogado insistentemente para que se hiciera cargo del despertador y no le implicara a ella, pero tras una discusión en la que parecía perder la batalla había cedido a sus requerimientos.
-Sabes que apago el despertador y me doy la vuelta. Necesito que me ayudes.
Rosa había hecho ese gesto que le confirmaba que tras reproches varios, cedería.
Esperó que descargara la retahíla de imprecaciones.
Entre tanto se evadió, planificando los pasos a dar al día siguiente para hacer las cosas con el menor tiempo posible.
Rosa no fallaba nunca, aunque volviera de su trabajo a las tres, sería capaz de despertar al cabo de dos horas para avisarla.
Cuando consiguió que cediera prometiéndole que, como siempre, no le fallaría, se había sentido satisfecha de tenerla como hermana.
Aunque era algo gruñona, nunca le fallaría, y en esta ocasión, como en otras, había sido puntual y cuidadosa al no encender la luz de la habitación; pero ese detalle más bien era para evitarla, sabía que tenía muy mal despertar.
Al cabo de media hora salió cerrando la puerta tras de sí, sin cuidado, con un golpe seco.
Rosa se revolvió entre las sábanas y se tapó con la almohada.
-Mira que es delicada, y lo poco que le preocupamos los demás.
-Al fin se va. Entre la ducha, desayunar y abrir y cerrar armarios, no me ha dejado pegar ojo. Además me he pasado dos horas, pendiente del despertador, con el temor de quedarme dormida.- dijo, hablando sola.
-Pensándolo bien, ahora que estoy sola en casa me haré un café.
Dicho y hecho. Rosa se levantó y encontró el desorden que Marta había dejado tras de sí.
-¡Qué se le va a hacer! Ella es cómo es. Hace un año que vino a mi casa, y desde entonces, aunque lo ha revolucionado todo, me siento bien, a gusto, sabiendo que ella está en casa, o qué de un momento a otro puede venir.
Rosa, siempre de un lado a otro, no tiene casa ni lo pretende, pero el día que me llamó anunciando su visita, no hubiera imaginado que pasara tanto tiempo a mi lado.
Si me dijera que se va para no volver, me sentiría fatal. Me he acostumbrado a su presencia, digo presencia, pero debería apuntar invasión.
Nunca sé cómo voy a encontrarme la casa. Lo mismo cambia las cortinas que mueve las cosas de sitio.
Al principio me alteraba y le armaba la trifulca, pero no servía de nada. Con una de sonrisas lo zanjaba.
Ahora que pienso, en medio de todo no sé por qué ha adelantado dos horas su salida matinal. No me lo ha dicho, ni le he pedido explicaciones. La voy a llamar.
Entretanto, Marta, escondida en un ángulo oscuro, miraba la calle.
-Me da repelús, ese personaje que hay enfrente, parece que a posta, me inquieta.
Se me van a fastidiar los planes. Yo que quería adelantarme a todo el mundo para tener mi tiempo y terminar el proyecto. Voy a tener que quedarme con las ganas.
Me hacía ilusión imprimirlo y dejarlo en la recepción.
Estaba en estas cavilaciones, cuando sonó su teléfono móvil. En ese instante se apercibió de que el personaje que estaba al otro lado de la calle marchaba con precipitación, como si reaccionara al sonido que en medio de la quietud de esas horas, seguramente oído con claridad.
-¡Sí!-contestó con suavidad -¿Qué quieres? ¿Por qué me llamas?
Justo en ese momento vio que ese alguien miraba a través del cristal, intentando ver el origen del sonido.
Marta tembló, contestando a su hermana con un hilillo de voz imperceptible. -¡Rosa! ¡Ven!
-¿Dónde estás?
-Aquí abajo- le contestó, queriendo evitar que su voz temblorosa fuera percibida por quien, del otro lado, parecía haberla localizado.
Esa sensación la hizo salir de su escondrijo.
Al tiempo, el ascensor se ponía en movimiento. Pensó que Rosa estaría bajando, pero no. Su hermana estaba en el descansillo esperando que quedara desocupado para poderlo llamar.

Tenemos: a Marta acercándose a la puerta del ascensor, confiada, creyendo que llega su hermana; a Rosa en el descansillo, nerviosa, moviéndose de un lado a otro, cómo un animal enjaulado, y con las pupilas fijas en el cuadro que ilumina los pisos por los que pasa el ascensor, que primero sube, y después baja. No puede esperar más, y se lanza escaleras abajo.
En la calle, un energúmeno golpea los cristales de la puerta, que al final rompe, dejándolos caer sobre el suelo, pasando su mano ensangrentada a través del espacio abierto.
Abre la puerta desde fuera, al tiempo que del ascensor sale un hombre con un bate de béisbol, precipitándose contra ese ser que ahora queda en medio del espacio iluminado al completo.
Rosa se lanza interponiéndose entre su hermana y él, que parece querer alcanzarla. En ese instante un ruido seco y un cuerpo que se precipita sobre el suelo. El hombre que enarbola su bate ensangrentado las mira. Rosa coge a su hermana y la introduce en el ascensor sin esperar ni saber qué papel juega cada uno de esos seres que a ella le parecen salidos de un oscuro sueño, el que los liberara la noche anterior.
Cuando vuelve a casa, con su hermana, encuentra la puerta cerrada, y recuerda que en la precipitación ha salido sin llave. Mira a su hermana y descubre que ha dejado su bolso en alguna parte, constatando que ni una ni otra podrán acceder al cobijo de su hogar.
Por las escaleras, cada vez más cerca, se oyen pasos largos, que las suben a zancadas, y un ritmo marcado por el bate que restriega sobre la barandilla en un ritmo de tres por cuatro.
Ella llama en la puerta del vecino de enfrente, que solicito la atiende de inmediato, tras ser advertido por los ruidos y habiendo observado a las dos mujeres desde el ojo de la mirilla.
-¿Qué os pasa? ¿No sabéis volver de juerga sin hacer ruido?- les dice con sorna.
Rosa, sin responder, se introduce, arrastrando a Marta, que atónita la sigue sin decir nada. Su corazón se dispara acelerado, haciendo que pierda pie y caiga.
En sus sienes martillean los pasos que próximos alcanzan el piso, justo en el momento que son introducidas en la casa de Juan, su vecino.
No le hace mucha gracia refugiarse en esa casa. Juan es un tipo raro, ella sabe que le vigila a través de la mirilla y que sigue sus pasos desde las ventanas que dan al patio interior, frente a la de su habitación.
Un perro pequeño las encara enseñando sus colmillos.
-No temáis, es un bocazas.- dice Juan con gesto dudoso.
-Tenemos que avisar.- apunta Rosa. –Ese tipo es raro, primero parecía que venía a nuestro favor, pero su mirada no me ha ofrecido confianza, y por eso he actuado rápida.- dice mirando a su hermana, que parece restablecerse.
-¿De qué hablas?- pregunta Juan, mientras se asoma para ver si hay alguien fuera.
Ella le cuenta a grandes rasgos su versión de los hechos, y él la escucha con gesto incrédulo, pero asintiendo.
-¡Qué cosas! Y dices que os persigue. Voy a ver.- apunta mientras abre la puerta y sale adelantando la mitad de su cuerpo, para mirar.
Rosa reacciona de inmediato, cerrando la puerta, cuando ve que cómo el tipo que las seguía descarga un golpe seco sobre la cabeza de Juan. El perro queda fuera ladrando al agresor e intentando morder.
-¡Dame el móvil, Marta!- dice girándose hacía su hermana, que parece no estar.
-¡Dame el mo…!

-Despierta. ¿Qué te pasa?
-¡Jo, ya son las cinco! Bien se vale que me he despertado, porque tú ni caso de la alarma del despertador.
Decía Marta, mientras tocaba el hombro de su hermana, que parecía moverse en medio de una pesadilla, balbuceando palabras inconexas y sudando.


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miércoles, 6 de mayo de 2009

Lothe

Lothe, la heroína de tu cuento, se salió de contexto. Asomó su nariz respingona por entre las letras del texto que intentabas escribir.
-Vale que quieras historias-, te dijo con gesto huraño, -pero a mí me dejas en paz, que ya tuve bastante con sufrir ese desgarre, para que ahora vengas a removerlo-, añadió.
La escritora, estupefacta, no encajaba. ¿Cómo era que se intercalaban, en su escrito, palabras que no pensaba?
Dejando el asiento vacío salió a estirar las piernas respirando profundamente. Se asomó a la calle viendo las copas de los árboles a sus pies y pensó que el aire las movía al compás de su alma que alborozada se manifestaba.
La locura se adentraría en su mente escritora copiando a vuela tecla las frases en consonancia con ideas pasajeras que un verbo ocluso a su oído se pronunciaba, acordando todo aquello que ni siquiera pensaba.
Se puso un té en el microondas y acercó a su lengua un caramelo de menta para aplacar la sequedad de la que se sentía incierta.
Pensó, -Lothe es un buen nombre.
Una mujer que con larga túnica se enfrenta al aire que tira hacía atrás su abundante cabellera.
Su pensamiento vuelve a la escollera.
Allí, la dama mirando al mar que embravecido jadea.
Recuerda esa película en que actriz y protagonista mantienen una historia amorosa. No es la misma imagen. Es otra. La arena es húmeda y sus pies horadan sintiendo el salitre que mantiene esa sensación descargando el alma de dolor.
Ese instante, en ese momento podría pasar al otro lado sin quejarse.
¿Para qué vivir otras vidas si la que recuerda le basta y sobra?
Habla de ella o de su personaje. No sabe.
Nuevamente palabras se interponen reclamando su atención y pidiéndole silencio.
Ella te abrazó en aquella playa. Recuerdas el sabor salitroso que envolvió ese recuerdo. Llovía, pero el fuego candente que en ti bullía era más que suficiente para obviar cualquier inconveniente.
Un pequeño chiringuito. Mesas de madera y las cosas de blanco y azul. Sus ojos, vuelven a ti recuperando esa mirada olvidada. Era en Francia. Mejor dicho la Bretaña francesa. Esa mujer que captaba tu alma engarzándola en una rosa que tenía mariposas revoloteando a su alrededor.
-¿De quién trata la historia?-, pregunta la protagonista.
-¿No ibas a rememorar mis lances amorosos con aquel muchacho imberbe?- le dice inquisidora.
-Espera, ahora mis recuerdos vivifican, no me hagas descuidarlos que son para mi el pan y el agua de mi hermoso manantial de vida. Acaso desconoces mi objetivo. Busco en mí mi sino. - Añade encarando con displicencia rotunda.
-Si así es, mejor vuelvo otro día. Entretente en tus quejidos- Le dice dándose la vuelta al otro lado del texto en que nadie sabe si las ideas se pierden o hay juerga entre los signos que esperan su turno.


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martes, 5 de mayo de 2009

Encuentro

Sinuosamente se acorrucó entre las tarimas al abrigo de una esquina que disimuladamente tapaba su fina figura encorvada. Sus dedos se clavaban en el tejido de lana que tenía doblado de forma desordenada. Miraba insistentemente al fondo queriendo captar la atención de alguien entre todos los presentes.

Su papel en esa escena, aparentemente insignificante, cobraba vigor al captar la atención de quienes asistían impasibles a lo que sobre el escenario dos figuras informes concitaban.

Era un personaje sin cuerpo. Él sabía que todo dependía de su instinto.

La platea repleta de gente. Temblaba como una hoja a punto de ser abatida por un viento otoñal. Disimulando como podía evitaba ser previsto en tal.

Ella no lo pudo evitar. Olvidando que se trataba de una escenificación teatral se acercó y le tendió los brazos queriéndole abrazar. Él, desconcertado, pensaba si sería parte de la trama, sintiéndose azorado creyendo haberlo olvidado.

El director de escena no apreciaba lo que allí pasaba, pues estaba concentrado en el centro del escenario, dónde se desarrollaba un diálogo tramado para dar paso a otro escenario que preveía sería dado en el patio de butacas.

Los espectadores intrigados miraban lo que allí se escenificaba absortos en ese giro imprevisto de la historia.

Un juego de luces y sombras marcaba recorridos imprecisos.

Allí la atención se centraba en la respuesta esperada.

Rechazo por parte de él. Ella en un respingo se retiraba cabizbaja a ocupar su butaca. Una lágrima hollaba la mejilla inmaculada.

Él observaba y ante ella no pudo consentir y olvidando el papel que le habían entregado, decididamente se levantó acercándose a ella y besándola la abrazó olvidando el mundo que ocupaba ese espacio.

Se encontraron en lo alto de una colina, acunados por un viento que de agua marina encendía su instinto manifiesto.

Ella y él. El mundo dejaba de tener forma.

En sus brazos la llevaba atravesando a otro plano del que la realidad es otra. Amando.

Salieron sin mediar palabras. Sus ojos las decían todas. No pactaron. Ella le llevaba por las calles empedradas a un portal y sin poder esperar, allí empezaron su viaje nupcial.


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lunes, 20 de abril de 2009

Así había decidido llegar a su final.

Minuciosamente dispuso sobre la mesa cada uno de aquellos objetos.
En cada uno de ellos encontraba rastros de la memoria. Sentía frío húmedo con algunos. Se le helaban las entrañas sólo recordar momentos de un tiempo que parecía haber dejado atrás.
Se había hecho necesario ponerse a reducir el equipaje.
Largos años acumulando para nada. Si al fin, encima, lo que se dice encima apenas podría cargar con lo que pudiera caber en un pequeño atillo.
Las fuerzas no le permitían arrastrar más.
Se había propuesto repartir sus enseres, y quedarse con lo mínimo.
Había decidido dejar la casa y emprender el viaje final caminando por los caminos que le llevaran allá dónde sus pies se lo permitieran.
Su cuerpo no respondería mucho tiempo, pero debía darse esa oportunidad.
La vida acortaba sus pasos.
Le habían dado un pronóstico con caducidad.
Obviaría ese destino y viviría con la ilusión de estrenar cada uno de los días que el amanecer le pusiera por delante.
Dejaría que la naturaleza obrara su curso.
No quería entrar en juegos malabares ni encerrarse en paredes de hospital.
Así había decidido llegar a su final.


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